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De "Cuentos para regalar a personas inteligentes"

 

I - Callate y sigue nadando

Qué bien nos hace recordar que, donde el hombre guarda su tesoro, ahí mismo encierra su corazón.
La alegría como el entusiasmo son estados internos irradiantes, no se pueden ocultar. La alegría es como la tos, se exterioriza. El entusiasmo se hace manifiesto en las acciones, es palpable, brota de un sentimiento profundo de exaltación, significa por etimología, “en theus”, Dios adentro.
La confianza en uno mismo tiene un poder incalculable en la vida; genera una visión amplia y positiva de todas las oportunidades. Por el contrario, el pesimismo debilita las alternativas que ofrece una situación y consigue que los fracasos que imaginamos nos visiten.
El optimismo convoca a la alegría y al entusiasmo; el pesimismo invita al lamento y a la depresión.
Si por cualquier motivo una persona cae en un pozo, no es conveniente tirarse adentro para sacarlo, se juntarían dos con la necesidad de salir. Alguien puede ayudar cuando pisa firme y está fuera de la oscuridad.
Todavía suelen verse por las rutas, esos cántaros de las vaquerías, tarros grandes de los tambos, metálicos, relucientes y abollados. En uno de ellos, hace tiempo, cayeron dos ratitas, buenas nadadoras. El recipiente abierto estaba lleno de leche hasta la mitad, diría un optimista, o medio vacío, corregiría un pesimista.
Lo cierto es que las dos ratitas para salvarse comenzaron a nadar con buen estilo.
Una de ellas se sintió mal. Empezó rápido a desesperarse. No veía ninguna posibilidad de escape. Le decía a su compañera:
–Esto no me gusta hermana. De aquí no salimos.
–Callate y sigue nadando. Respondió la optimista.
–Sí, mucho silencio ¿y qué hacemos nadando? ¿A dónde vamos a ir? Esto es una fatalidad, no va, no va.
–Callate y sigue nadando.
–Sos una rata sin fundamento. ¿Qué vas a conseguir?
–Callate y sigue nadando.
–Esto es ridículo. Es gastarse inútilmente. No, no, no...
–Callate y seguí nadando.
La ratita pesimista se cansó, más que de nadar, del parloteo. Desapareció de la superficie, ahogada.
La optimista siguió nadando. Tanto nadó que la leche comenzó a endurecerse por el batido, y se transformó en sólida manteca. Pegó un salto y salió del tarro, por inteligente y me vino a contar el cuento.

 

II - Vocación por la música

Sentir vocación por una tarea es una bendición de la vida. Cumplir con una llamada interior, satisfacer la profunda necesidad de realizar con el propio estilo una actividad, eleva a cualquier hombre a su más brillante condición.
Por el contrario, cuando se traiciona un anhelo, el corazón se seca. Entonces cualquier éxito genera fatiga y aburrimiento. Los logros son aparentes, no llegan a nutrir, empobrecen.
Un hombre rico confesó con tristeza su personal fracaso. Con cierta complicidad e ingenio dijo:
–Desde niño sentí una enorme vocación por la música. Era una temprana pasión. Pero me ocurrió algo terrible. Muy joven, salí de mi casa para escuchar un magnífico concierto y justo en la puerta encontré un billete de cien dólares. No había nadie. ¿Qué hace usted Enrique? -me preguntó con gran curiosidad. Y como si estuviese, a la vez, seguro de mi respuesta. –Dígame, ¿lo habrías agarrado o no? Si le ocurre algo así, ¿qué hace? Recogí el billete y comencé a andar por la calle. Era una fiesta, a cada paso más dinero. En un momento observé que estaba frente a la Sala de Conciertos, exactamente adonde quería ir, pero si seguía avanzando, llenaba más la bolsa. Resolví continuar caminando. Así, durante cuarenta años acumulé dólares con enorme facilidad. ¿Quién me iba a cuidar lo juntado? ¿A quién le iba a dejar lo embolsado?
Y aquí estoy Enrique, rico y sordo.
Muchas veces la vida nos presenta conflictos de motivaciones. Y perdemos la ruta, porque nos negamos la vocación, y nos enredamos con intereses múltiples.
De los laberintos se sale hacia arriba. Para ser un negociante fino con la vida hace falta decisión firme, y buen oído. Vocación por la buena música, no tan metálica.
Es tan fácil hacerse uno “bolsa”: con riqueza desafinada para lo esencial. Sin alegría, elevación ni inteligencia.

 

III - El rey se puso de pie

Fue un impulso superior, desconocido, irrefrenable. Jorge II, monarca de Gran Bretaña e Irlanda, al escuchar los primeros acordes sólo atinó a erguirse y, con él, en un movimiento único, todos los presentes hicieron lo mismo. Luego se fueron y contaron de puerta en puerta, que había sido creada una obra musical como no existía otra en la Tierra.
Desde entonces, es tradición en Inglaterra escuchar el Aleluya de Haendel de pie, una pulgada más cerca de Dios. Y una sola palabra, hecha torrente musical desde 1741, eleva la condición humana a la gloria de su real naturaleza: Alegría.
Pero muy pocas personas conocen en qué situación de vida se encontraba Jorge Federico Haendel cuando fue visitado por la gracia de una inspiración superior. Enfermo, desahuciado por los médicos, censurado por la estética musical inglesa, en prisión por deudor moroso, con riesgo de ir a la Torre de Londres. No quería vivir mal alimentado, destruido por la depresión, asistido por su empobrecido criado; sin horizontes ni alegría alguna. “Basta conmigo... Sin fuerza... no quiero vivir sin fuerza”, repetía. Estaba acabado. Tenía cincuenta y seis años.
En la cerrada noche de su desesperación, Haendel increpó a Dios por indolente, por distraído, por cruel. Como única respuesta, un rayo imprevisto irguió su derrumbada contextura, mientras en su abandonada mesa de trabajo leyó: “¡Confórmate! y dí con tu palabra”.
Haendel inclinó su cabeza, ahora sacudida por una tempestad, sobre las viejas hojas de música. Había desaparecido el cansancio; todo era un goce creador. Durante catorce días con sus catorce noches, no comió ni durmió, como si hubiese enloquecido. No dejaba de trabajar y de cantar. Quería levantar su testimonio de gratitud y júbilo.
Sólo quien ha llegado a la raíz misma del dolor, puede saltar a la alegría con ese vigor. Su criado no podía controlarlo.
Jorge Federico Haendel había resucitado con La Vida del Mesías, donde su Aleluya, Aleluya, Aleluya, borró con luz expansiva toda la oscuridad de su vida.
“No quiero recibir ningún dinero por esta obra. No es mía. Todo lo que produzca, que sea para los enfermos y los presos. Porque he sido un enfermo y con ella me sané. Y he sido un preso, y por ella me liberé”.
De este renacimiento da testimonio un gran escritor, Stefan Zweig.
Él y su esposa, se suicidaron en 1942. No pudieron soportar el horror de la guerra mundial, y su propia depresión: “demasiado cansados para soportar todo esto”.
En cambio, un músico destruido, solo, sin ninguna violencia, fue capaz con su genio, de poner de pie al rey de Inglaterra.
Tal vez puedas completar este cuento para regalar, con tres movimientos inteligentes: escuchar el Aleluya, leer Nuevos momentos estelares de la humanidad, de Stefan Zweig, y meditar sobre el poder creador que duerme en cada uno de nosotros.

 

IV - La otra mejilla

Cualquier texto tiene por lo menos dos lecturas. Lo mismo podemos aplicar a todas las situaciones de la vida. Por eso es sabio no cristalizar una respuesta única ante las numerosas alternativas que ofrece cada conflicto.
El juego creativo con la realidad nos permite superar, de muchas maneras, los problemas diarios e imprevistos, tanto los individuales como los colectivos. En cambio, una fórmula repetida siempre igual, no abre posibilidades de cambio. Es tradicional la respuesta de agresión a la agresión.
Existía un monasterio que estaba ubicado en lo alto de una montaña. Sus monjes eran pobres, pero conservaban en una vitrina tres manuscritos antiguos, muy piadosos. Vivían de su esforzado trabajo rural y de las limosnas que les dejaban los fieles curiosos que se acercaban a conocer los tres rollos, únicos en el mundo. Eran viejos papiros, con fama universal de importantes y de profundos.
En cierta oportunidad un ladrón tomó dos rollos y fugó por la ladera. Los monjes avisaron con rapidez al abad. El superior, como un rayo, buscó la parte que había quedado y, con todas sus fuerzas, corrió tras el agresor y lo alcanzó:
–¿Qué has hecho? Me has dejado con un solo documento. No me sirve. Nadie va a venir a leer un mensaje que está incompleto. Tampoco tiene valor lo que me robaste. O me das lo que es del templo o te llevas también este texto. Así quedará la obra completa.
–Padre, estoy desesperado. Necesito con urgencia hacer dinero con estos escritos santos.
–Bueno, toma el tercer rollo. Sino, se va a perder en el mundo algo muy valioso. Véndelo bien. Estamos en paz. Que Dios te ilumine.
Los monjes no llegaron a comprender la actitud del abad. Estimaron que había estado flojo con el rapaz, y que era el monasterio quien había perdido. Pero guardaron silencio, y todos dieron por terminado el episodio.
Cuenta la historia que a la semana, el ladrón regresó. Pidió hablar con el padre superior:
–Aquí están los tres papiros, no son míos. Los devuelvo. Te pido en cambio que me permitas ingresar como monje. Mi vida se ha transformado.
Nunca ese hombre había sentido la grandeza del perdón, la presencia de la generosidad excelente.
El abad recuperó los tres manuscritos para beneficio del monasterio, ahora mucho más concurrido por la leyenda del robo y del resarcimiento. Y además consiguió un monje trabajador..., y de una honestidad a toda prueba.

El agresor espera agresión, no una respuesta creativa, insólita. No sospecha la conmoción, el poder incalculable, transformador, de la otra mejilla.

 

V - Cumpleaños

Conocí a un prestigioso profesor que cuando le pedían alguna tarea que no le agradaba, decía: “¿cómo me exige este esfuerzo hoy, que cumplo años?” Y la otra persona inmediatamente lo felicitaba, y le pedía disculpas por haberlo molestado. Retiraba el pedido.
El profesor tuvo que abandonar este recurso, a riesgo de perder totalmente su autoridad. Alguien recordó que en un semestre, había cumplido años tres veces.
Pero sin duda, anunciar cumpleaños tiene un poder mágico. Convoca a una tregua, a una distensión, a una alegría recíproca. Todos alguna vez participamos del episodio anual que nos hermaniza y nos apacigua, nos pone regresivos.
A pesar de la suma incontenible, es lindo cumplir años.

“No sé cuantos años tengo”, decía una veterana actriz, “cambia a cada minuto.”

–¿Qué edad tiene Usted?, preguntó el juez al reo.
–Veinticinco años, su Señoría.
–Hace una década que me viene diciendo lo mismo».
–Tiene Usted razón, Su Señoría. Yo no soy de esos tipos que hoy dicen una cosa y mañana otra.

Un hombre anciano caminó un kilómetro para llevar a su vecina un trozo de torta:
–Mi esposa cumple ochenta y seis años y quiere que pruebes el postre de fiesta.
La mujer agradeció la atención. Dos horas más tarde el avejentado esposo volvió a la casa de su amiga:
–Perdón, me envía Tatiana para que me corrija: sólo cumple ochenta y cinco años.

“Ese dolor que siente usted en su pierna es producto de su avanzada edad”, explicó el médico.
“¡Por favor, doctor! La otra tiene la misma edad y no me duele”,respondió el paciente.

En la celebración de su natalicio, preguntaron al Maestro que mencionara la actividad más importante de su larga vida.
Cualquier cosa que estuviera haciendo en ese momento”;contestó.

Nos regala Richard Bach:
“No tienes cumpleaños porque nunca has nacido y nunca morirás”.

Vivir de instante en instante con intensidad, para una hermosa y sabia trayectoria.

Por compartir y celebrar este ahora inteligente te regalo un cuento: ¡Feliz cumple-instante!

 

Enrique Mariscal

 

 

 

Enrique Mariscal
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